
Era una mañana como ninguna, un maquillado cielo que a pesar de estar cubierto por diminutas nubes, brillaba azul añil, un sol radiante y un calor sofocante instaban a cualquiera a estar en la playa de Mar del Plata.
El numeroso estacionamiento que había alrededor del Teatro Buenos Aires indicaba que había alrededor de 300 personas, de hecho un evento muy importante se realizaba allí. Un certamen cultural y artístico juvenil.
La puerta del Gran Teatro Buenos Aires se abrió de par en par, y tras ella la silueta de una joven no muy alta, de cabellera rubia, cara cuadrada con expresión fría y centellantes ojos verdes, hizo que mas de uno de los chicos y chicas que estaban afuera guitarreando y tomando mates voltearan sus cabezas por unos instantes para observarle.
A Ana la impresión de ser observada en ese momento no le inquietó en lo mas mínimo, desde hacia semanas que no pensaba en otra cosa que no fuera la obra que iría a interpretar al cabo de unas horas. Con el estuche de su guitarra en mano, se apresuró a cruzar la calle y luego se dirigió a uno de los bancos libres de la plaza San Martín, al frente del Teatro.
Necesitaba aire fresco, el ambiente dentro del teatro se había vuelto denso y hasta inquietante, aunque era más que nada el fastidioso olor a cigarrillo y a sudor, que lo había hecho salir de allí dentro. Estar al aire libre le producía una sensación sumamente agradable y a su vez reconfortable.
Ya sentada en el banco, Ana se sacó la campera de jeans y la acurrucó a su lado. En cuestión de segundos ya había abierto el estuche, sacado su desgastada guitarra acústica y se disponía a afinarla. Una vez que hubo terminado, repaso una y otra vez el blues que iba a interpretar, y que marcaría su debut como músico. Se inculcaba pensamientos optimistas como " tu puedes hacerlo ", "no vengo a competir, sino a ganar" pero o bien eran reemplazados por la imagen del fino rostro de Adriel, chico de quien ella aseguraba estar enamorada pero que nunca le había hablado, o desbaratados por la escena imaginaria de otra joven muy coqueta recibiendo sonriente el premio del primer puesto.
Esa joven no era nada menos que su compañera de clases, Iris, quien según todos los que la habían visto y escuchado tocar la guitarra aseguraban ver en ella un gran don, y algunos hasta afirmaban que poseía oído absoluto. Aunque por todo el halago y propaganda que se le hacia a Iris, ésta podría haber optado una personalidad agrandada poco seria y muy engreída, pero no, era todo lo contrario.
Ana no sentía envidia, tampoco miedo, más bien respeto y admiración, no renegaba de su participación en el certamen. Pero inmediatamente y como un apagón olímpico, descartó toda posibilidad de ganar el certamen y hasta de obtener una mención.
Ana, por tener la cabeza gacha y estar pensando profundamente no se percato que una sombra inmóvil se había dibujado delante.
- ¿Nervios o ansiedad? Hola ¿puedo sentarme un minuto?- Cuando Ana volteó la cabeza, se encontraba frente a la silueta de un hombre de unos 30 años, con abundante barba en su cara, y con su guitarra ¡y que guitarra! ¡Una Gibson j200! sostenida por la correa que trazaba su hombro.
Lo único que pudo decir Ana luego de abrir los ojos bien grandes y contemplar la guitarra del extraño fue: "¡guau!".
- Tiene una guitarra magnífica, la guitarra de mis sueños ¿como se llama?- interrogó Ana aun con la mirada perpleja en la guitarra del extraño.
- ¿Quien yo o mi guitarra? ¡Ja ja! eso no importa, tu tienes una guitarra y yo otra, basta con decirnos hermanos, escucha no debo permanecer mucho tiempo aquí así que seré breve - el hombre ya se había acomodado en el banquillo, pero lo que mas le impresionó a Ana era que el extraño poseía la capacidad de tocar canciones complejísimas en la guitarra y hablar tranquilamente a la vez.
- ¿Quién es usted, es un famoso? - preguntó Ana asombrada.
- Solo soy lo que la gente quiere que yo sea. ¡Hey! muchacha creo haber oído que compites en el Certamen.
- Si, aunque considero que es una vergüenza que me hayan dejado compe... - pero fue interrumpido por la voz ronca del extraño:
- No digas eso, te he escuchado recién, tienes un gran talento, solo que no crees tenerlo y por lo tanto no lo sabes usar. Te diré una cosa, ¿conoces a esa tal Iris del que todos hablan? -Ana asintió con la cabeza y el hombre continuó hablando- es muy buena, pero no mejor que tu. ¿Sabes por qué? porque ella no quiere ser lo que es, date cuenta en su actitud de músico, no disfruta lo que hace.
Todas estas palabras cayeron como balde de agua fría, ¿Quién era el tipo este para hablar así de Iris? ¿Acaso la conocía? ¿A donde quería o pretendía llegar con eso?
Ya sea por el silencio, o por el ceño fruncido de Ana, el sujeto pareció adivinar los pensamientos de la joven.
- ¡Créeme! conozco a Iris, no creo que vaya a ganar el certamen.
- ¡Eso es imposible! - dijo Ana mas confundida que nunca y mirando las cuerdas de su guitarra.
- Bien ahora escucha este consejo... -el hombre miró con cautela hacia atrás y Ana noto su prisa- ... antes de subir respira hondo y metalízate que eres la mejor y que solo es cuestión de demostrarlo, sube siéntate y se tu mismo. Oye me tengo que ir. Adiós, que tengas suerte.
El insólito personaje se levanto de inmediato y comenzó a correr por la calle, fue insultado y casi atropellado, pero dobló la esquina y su figura se perdió en la peatonal.
Todo era tan extraño, Ana se detuvo a tratar de recordar si había antes ese rostro en algún periódico o en una revista, pero ¡que tonta! ella nunca leía periódicos y revistas.
Pero no tardó en deducir que había estado hablando cara a cara con un famoso, porque a los minutos levantó su vista y vio aproximarse a una multitud de chicos y chicas con remeras con la cara del sujeto.
Sorprendido pero desinteresado al fin, guardó su guitarra luego de repasar cuatro veces la obra. Miró y vio que uno de sus compañeras le hizo señas desde los ventanales del teatro. Su hora había llegado.
Se levantó de un salto, cruzó la calle sin cuidado, entró al teatro, caminó sobre un pasillo largo antes de encontrar las escaleras. Al subirlas recordó las palabras del extraño, respiró hondo y lo recibió un publico estrepitoso.
Pero a ella no le importó, se sentó en la silla con su guitarra en mano y sin mirar a los cientos de rostros que la observaban, se adentró en su propio mundo, ella y su guitarra, y cuando sus uñas tocaron las primeras cuerdas que darían vida a los acordes, marcados por sus finos dedos, la inseguridad, esa sombra que arrastran los debutantes se esfumó para siempre de ella.
