miércoles, 26 de agosto de 2009

ÁNGELES TUTELARES


—…Date cuenta, o de última imaginá, como lo hago yo. Las estrellas son ojos, ¿los ves? —dijo a su sobrino, señalando con su dedo al cielo estrellado—El cielo nos vigila de noche y de día bue...quizás sea Dios el supervisor, pero de noche, cuando llegada la madrugada hombres intentan superarse, entenderse, vaciarse en lugares noctámbulos, es cuando ellos más observan. Son silentes pero muy atentos. Sus ojos brillan de vez en cuando, y cuando no, prefieren errar ellos mismo por la Tierra e informar al Supremo de sus recorridos. Pero curiosamente, ambos métodos resultan siempre dar los mismos resultados. Sin importar cuán soleado, nublado, con sobrada o escasa muchedumbre, con silencio o sin él esté este mundo; regresan informando lo mismo: “No siguen igual, están peor.”

—¿Y cómo sabes tú todo eso? Digo…¿Y al fin y al cabo, quien son ellos para criticar lo que hacemos? —preguntó Arnold, su sobrino, algo desinteresado y bebiendo lo último que quedaba en su botella.

—Ellos son mensajeros de Dios, son ángeles —continuó su tío con la mirada perdida en el horizonte, haciendo caso omiso a la primera pregunta—, son los que brillan en la noche demostrándonos lo bello que es estar allá arriba, ellos son muy contemplados e incluso adivinados. Pero ninguno conoce exactamente su finalidad, tampoco sus nombres. Creen que son pequeñas tutelas a nuestro alrededor, tratando de no hacerse entender mucho ni ser conocidos por lo que hacen.

``Es que, es todo tan extraño. Ellos mismos intentan decirnos algo, tal vez alguna advertencia. Pero ¡ojala las escucháramos! Hay veces en que creo escucharlas, pero dirías que son falacias de alguien que de tanto vivir sólo abraza las paredes, y se come las palabras. ¡Jaja! Debería ser un arte conectarse con las estrellas, un arte que no careciera en los hombres, ¿no lo crees, Arnold?

—Tío, estás algo… brillante hoy —susurró Arnold, sorprendido, tratando de encontrar una palabra que definiera el estado exacto y anormal de su tío—. Estás como…más iluminado.

—¿En serio? —Crédulo y sonriente levantó sus manos hacia arriba para contemplarlas y asintió.

Su cuerpo despedía una radiante e increíble luz. Habían pasado horas allí arriba, su joven sobrino lo había invitado a tomar refrescos y a hablar sobre cuestiones y situaciones que acosaban su vida. O su carrera, que a decir verdad, le importaba más que su propia vida. Pero no más pudo usar la lógica: la bebida estaba cobrando efectos en su mente, y su tío…estaba realmente loco.

Desilusionado, por no haber llegado al confín de la conversación de la cuál pensó que sacaría provecho, se levantó e invitó a su tío a bajar de la terraza. Aseguró la escalera y bajó, siempre mirando de no caerse.

Cuando alzó su mirada su tío ya no estaba. Había desaparecido. Se había esfumado, o tal vez volado, lo cierto es que en vez de tocar tierra, su tío que tenía un nombre fácil de olvidar, escaló estrellas y de allí observa, inquieto y crítico a aquellos que pretender ascender con una escalera.

Y aunque Arnold nunca lo supo, su tío intenta brillar en su ventana tratando de que él busque en ese significado el sentido de ser un mortal sobresaliente.

Para ser estrellas en esta vida, no hay que simplemente mirar por donde caminar sino todo lo contrario, volar, ascender y ascender hasta caminar por los cielos, ocupando un lugar entre los ángeles. Allí brillaremos y alumbráremos el camino siniestro de los que quieren y no pueden o viceversa. Allí no habrá nunca nadie que podrá decirnos la famosa frase “¡baja a la tierra, colgado!”

EFIGIE DE UN HACEDOR DESALADO Y EFÍMERO

A veces pienso que Dios sobrevaloró su talento al crear al hombre.

Oscar Wilde

Dejando a un lado los señalamientos y desdeñando descripciones físicas —porque mi amigo es tímido— contaré como una mañana de julio logré escabullirme en sus secretos, en sus anhelos y en sus más remotas ocurrencias.

Para empezar, correcto es decir que el verbo “crear” le parece de lo más provechoso y el sustantivo vida el más coherente para, a dichos condimentos, guisar en su mente. Unas palabras llamadas a engrupir y que poco a poco van tomando tintes de texto coherente, se revuelven inquietas en su caldero mágico, esperando la visión, y la admisión de ésta al tintero con la pluma diligente. Esperan a la voz de creación.

Penúltima, la hoja, paciente, espera a todo lo demás, sabe que será el escenario de un nuevo mundo, una nueva creación. Para lograr esto la van a cubrir de finitos puntos que harán jugar y deleitar al lector. “Todo a su tiempo”, y el que dispone de la decisión y del accionamiento de las cosas, espera la conjugación perfecta. La conjunción divinal.

El ser no se cree un autor, dicho mérito no le complace, sus aspiraciones trascienden toda índole de soberanía. Ansia vehemente ser como un dios, y cada día su ego nutre esa imparable e incontrolable necesidad de creer que él es un dios. Sin embargo resaltan las diferencia entre el supremo —invisible para algunos— y entre este Hacedor quien es respetado por los eruditos —ciertamente más sabios que él— y endiosado vanamente por los que saben poco.

El Supremo no mide su comienzo. Nunca tuvo uno. Conjeturas aquellas que la insinúan. Tampoco nadie es capaz presumir cuál será su final, pues, no me atengo a decir que, nunca lo tendrá.

Él otorga vida a los mortales y perdurabilidad a los inertes. Absolutamente todo es producto de su palabra, por lo que no pudo escapar a sus ojos el futuro de este mortal. Cuentan las leyendas que, cuando nació sus aspiraciones humeaban hasta el cielo, asqueando a los querubines y desafinando el coro de serafines.

Entonces sucedió que El Todopoderoso lo puso a prueba. Lo mandó a nacer desposeído de afectos maternales y familiares, en las penumbras de un recoveco sosegado donde, para no perder la cordura, hace falta delirar y para ser feliz dormir y soñar. Sólo cuando su razón concibió anormal la idea de servilismo pudo conocer y admirar la naturaleza de un mundo con el que él siempre sonó crear. Pero para su lamento, ya estaba hecho, y aunque hubiese dispuesto de los recursos para crear otro, ninguno hubiera superado la perfección de la imaginación de Dios. Apesadumbrado de su mal lograda emulación, hoy sólo escribe e intenta reproducir en pinturas tonterías sobre un nuevo mundo, meramente encuadrando en el concepto de “disparatado”. Porque no puede hacer otra cosa más que escribir disparates. No desconozco eso.

La Simbiosis

LA SIMBIOSIS

Si haces la experiencia de ser ficticio durante un tiempo, comprenderás que a veces los personajes de ficción son más auténticos que los individuos de carne y hueso y de corazón palpitante.

Richard Bach


Se dice de mí, que provengo del desconocido y por consecuente que nací “Dios sabe dónde”, pero por sobre todo se dice que soy un personaje ficticio que pretende cobrar vida. Excepto esto último, lo demás pudo añadirse a la posibilidad de ser cierto.

Por un largo período, creí tener sentidos que me recordasen que podía percibir, intuir y creer en la existencia de la existencia. Pero esta hipótesis quedó como ruinas que anticipó un huracán desesperado, al ver aquella mujer increíblemente tan hermosa, sentada en un banquillo rupestre a las afueras de una heladería artesanal. Hermosa y solitaria, una combinación muy prometedora... Sin dudas, desafiaba todos mis sentidos.

Aunque lejos de estar exento y de disponer de la decisión —y quizás de la voluntad— de permitirme estar quieto unos minutos —pues soy hiperactivo—, admito que la magia de esa mujer me hizo salir victorioso de mi enfermedad. Por lo que pude permanecer a unos pocos metros de mi hechicera encantadora, haciéndome pasar por silente y ocultando mi aspecto de noctívago, fue tarea fácil de obrar.

Allí estaba ella, hecha un cúmulo de pretensiones. Unos arbustos de espeso follaje en la calle de enfrente sobre una esquina poco transitada, constituían mi guarida, el escondite perfecto que me facilitaba tan envidiable panorámica.

Veía sin que ella me viera. Escuchaba sin que ella me escuchase. Y así, a pesar de la distancia que nos separaban, pude notar como su lengua humedecía sus finos y secos labios. Luego el encuentro suculento de éstos con la crema helada. ¡Con que desgano! ¡Qué alevosía a la palabra “Magnificencia”! Porque poco intuí que ver el paraíso en posesión de Mefistófeles era menos lamentable y que la extinción de la palabra en el universo era menos trágico que verla allí sola, despojada de todo cálido compañerismo y rodeada de melodías luctuosas y lúgubres que no hacían más que quebrar, con el paso del tiempo, tan impenetrable rostro.

Aún así, su beldad me sería imposible describir y el sólo intento de representar, escrita o gráficamente la imagen que conservo en mi mente, sería un pecado imperdonable. Sólo podría añadir que encerraba un apretujado misterio y que despedía de sus ropajes una marcada apatía con distinción a intratabilidad.

Ya sea por inquietud, molestia, soberbia, aburrimiento —la verdad es que no podía saberlo—, la mujer se levantaba y se volvía a sentar con la rapidez en que parpadean los mortales. De aquí para allá iba sin detenerse. Pero de repente, desafiando la furia de los vientos y encarando los flagelos del frío invernal, se levantó sin la mínima expresión en su rostro, sin indicios alguno de su carácter y echó a correr justo al momento en que la necesidad de encubrirme comenzaba a flaquear, rompiendo algo…introduciendo a mis oídos un ruido como de cáscaras.

Pero la mujer escapaba de mi campo visual. Algo —sospecho que la magia de la mujer— me trajo de la lejanía de mis pensamientos y haciendo finible toda racionalización que ralentizaba mi acción, corrí tras ella sin saber porqué, como si fuese obligado a seguirla. Procuré hacerlo austero, sin siquiera permitir alguna señal de mi incontrolable e inexplicable persecución, lo que no fue nada fácil. Pues era atraído por su presencia, como lo es el metal por el imán.

Así fue que me guió —o arrastró— por el sendero de la irrealidad. Transitar por las fronteras de lo real y lo imaginario fue como perderse en un laberinto, nadar sobre los mares, dominios de la racionalidad y la irracionalidad, fue relajante. Luego escalar las montañas de la mentira y la verdad no fue sino vértigo de mi tolerancia y frecuentamos varias veces el infierno y el edén. Y sin siquiera pedirlo, morí a la vera del camino. Podría decir que la muerte fue dolorosa y cruel, pero sería mentira. Esta muerte fue todo lo contrario, dulce y suave como guarecerse del frío con un saco de pieles de cordero. Sólo que en compañía de la soledad…Sólo… en el vacío, sin poder siquiera, percibir el frío o el calor, sin poder ver los colores, sin escuchar siquiera el silencio. Inexorable situación. Estaba sin sentidos. Y sin tener la noción del tiempo algo sucedió e interrumpió mi estadía en ese horripilante espacio.

Así como muchos fenómenos volvieron a nacer, yo también lo hice. Resurgí de los escombros de una vida pasada. Ahora hecho nuevo en la imaginación de un escritor, crecido a base de observaciones de los críticos y dormido en una estantería olvidada de alguna biblioteca local poco frecuentada.