A veces pienso que Dios sobrevaloró su talento al crear al hombre.
Oscar Wilde
Para empezar, correcto es decir que el verbo “crear” le parece de lo más provechoso y el sustantivo vida el más coherente para, a dichos condimentos, guisar en su mente. Unas palabras llamadas a engrupir y que poco a poco van tomando tintes de texto coherente, se revuelven inquietas en su caldero mágico, esperando la visión, y la admisión de ésta al tintero con la pluma diligente. Esperan a la voz de creación.
Penúltima, la hoja, paciente, espera a todo lo demás, sabe que será el escenario de un nuevo mundo, una nueva creación. Para lograr esto la van a cubrir de finitos puntos que harán jugar y deleitar al lector. “Todo a su tiempo”, y el que dispone de la decisión y del accionamiento de las cosas, espera la conjugación perfecta. La conjunción divinal.
El ser no se cree un autor, dicho mérito no le complace, sus aspiraciones trascienden toda índole de soberanía. Ansia vehemente ser como un dios, y cada día su ego nutre esa imparable e incontrolable necesidad de creer que él es un dios. Sin embargo resaltan las diferencia entre el supremo —invisible para algunos— y entre este Hacedor quien es respetado por los eruditos —ciertamente más sabios que él— y endiosado vanamente por los que saben poco.
El Supremo no mide su comienzo. Nunca tuvo uno. Conjeturas aquellas que la insinúan. Tampoco nadie es capaz presumir cuál será su final, pues, no me atengo a decir que, nunca lo tendrá.
Él otorga vida a los mortales y perdurabilidad a los inertes. Absolutamente todo es producto de su palabra, por lo que no pudo escapar a sus ojos el futuro de este mortal. Cuentan las leyendas que, cuando nació sus aspiraciones humeaban hasta el cielo, asqueando a los querubines y desafinando el coro de serafines.
Entonces sucedió que El Todopoderoso lo puso a prueba. Lo mandó a nacer desposeído de afectos maternales y familiares, en las penumbras de un recoveco sosegado donde, para no perder la cordura, hace falta delirar y para ser feliz dormir y soñar. Sólo cuando su razón concibió anormal la idea de servilismo pudo conocer y admirar la naturaleza de un mundo con el que él siempre sonó crear. Pero para su lamento, ya estaba hecho, y aunque hubiese dispuesto de los recursos para crear otro, ninguno hubiera superado la perfección de la imaginación de Dios. Apesadumbrado de su mal lograda emulación, hoy sólo escribe e intenta reproducir en pinturas tonterías sobre un nuevo mundo, meramente encuadrando en el concepto de “disparatado”. Porque no puede hacer otra cosa más que escribir disparates. No desconozco eso.

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