miércoles, 26 de agosto de 2009

La Simbiosis

LA SIMBIOSIS

Si haces la experiencia de ser ficticio durante un tiempo, comprenderás que a veces los personajes de ficción son más auténticos que los individuos de carne y hueso y de corazón palpitante.

Richard Bach


Se dice de mí, que provengo del desconocido y por consecuente que nací “Dios sabe dónde”, pero por sobre todo se dice que soy un personaje ficticio que pretende cobrar vida. Excepto esto último, lo demás pudo añadirse a la posibilidad de ser cierto.

Por un largo período, creí tener sentidos que me recordasen que podía percibir, intuir y creer en la existencia de la existencia. Pero esta hipótesis quedó como ruinas que anticipó un huracán desesperado, al ver aquella mujer increíblemente tan hermosa, sentada en un banquillo rupestre a las afueras de una heladería artesanal. Hermosa y solitaria, una combinación muy prometedora... Sin dudas, desafiaba todos mis sentidos.

Aunque lejos de estar exento y de disponer de la decisión —y quizás de la voluntad— de permitirme estar quieto unos minutos —pues soy hiperactivo—, admito que la magia de esa mujer me hizo salir victorioso de mi enfermedad. Por lo que pude permanecer a unos pocos metros de mi hechicera encantadora, haciéndome pasar por silente y ocultando mi aspecto de noctívago, fue tarea fácil de obrar.

Allí estaba ella, hecha un cúmulo de pretensiones. Unos arbustos de espeso follaje en la calle de enfrente sobre una esquina poco transitada, constituían mi guarida, el escondite perfecto que me facilitaba tan envidiable panorámica.

Veía sin que ella me viera. Escuchaba sin que ella me escuchase. Y así, a pesar de la distancia que nos separaban, pude notar como su lengua humedecía sus finos y secos labios. Luego el encuentro suculento de éstos con la crema helada. ¡Con que desgano! ¡Qué alevosía a la palabra “Magnificencia”! Porque poco intuí que ver el paraíso en posesión de Mefistófeles era menos lamentable y que la extinción de la palabra en el universo era menos trágico que verla allí sola, despojada de todo cálido compañerismo y rodeada de melodías luctuosas y lúgubres que no hacían más que quebrar, con el paso del tiempo, tan impenetrable rostro.

Aún así, su beldad me sería imposible describir y el sólo intento de representar, escrita o gráficamente la imagen que conservo en mi mente, sería un pecado imperdonable. Sólo podría añadir que encerraba un apretujado misterio y que despedía de sus ropajes una marcada apatía con distinción a intratabilidad.

Ya sea por inquietud, molestia, soberbia, aburrimiento —la verdad es que no podía saberlo—, la mujer se levantaba y se volvía a sentar con la rapidez en que parpadean los mortales. De aquí para allá iba sin detenerse. Pero de repente, desafiando la furia de los vientos y encarando los flagelos del frío invernal, se levantó sin la mínima expresión en su rostro, sin indicios alguno de su carácter y echó a correr justo al momento en que la necesidad de encubrirme comenzaba a flaquear, rompiendo algo…introduciendo a mis oídos un ruido como de cáscaras.

Pero la mujer escapaba de mi campo visual. Algo —sospecho que la magia de la mujer— me trajo de la lejanía de mis pensamientos y haciendo finible toda racionalización que ralentizaba mi acción, corrí tras ella sin saber porqué, como si fuese obligado a seguirla. Procuré hacerlo austero, sin siquiera permitir alguna señal de mi incontrolable e inexplicable persecución, lo que no fue nada fácil. Pues era atraído por su presencia, como lo es el metal por el imán.

Así fue que me guió —o arrastró— por el sendero de la irrealidad. Transitar por las fronteras de lo real y lo imaginario fue como perderse en un laberinto, nadar sobre los mares, dominios de la racionalidad y la irracionalidad, fue relajante. Luego escalar las montañas de la mentira y la verdad no fue sino vértigo de mi tolerancia y frecuentamos varias veces el infierno y el edén. Y sin siquiera pedirlo, morí a la vera del camino. Podría decir que la muerte fue dolorosa y cruel, pero sería mentira. Esta muerte fue todo lo contrario, dulce y suave como guarecerse del frío con un saco de pieles de cordero. Sólo que en compañía de la soledad…Sólo… en el vacío, sin poder siquiera, percibir el frío o el calor, sin poder ver los colores, sin escuchar siquiera el silencio. Inexorable situación. Estaba sin sentidos. Y sin tener la noción del tiempo algo sucedió e interrumpió mi estadía en ese horripilante espacio.

Así como muchos fenómenos volvieron a nacer, yo también lo hice. Resurgí de los escombros de una vida pasada. Ahora hecho nuevo en la imaginación de un escritor, crecido a base de observaciones de los críticos y dormido en una estantería olvidada de alguna biblioteca local poco frecuentada.

No hay comentarios.: