lunes, 8 de junio de 2009

¡Allá! ¡Vaya, vaya!


Allá donde el agua, la comida, el gas y el alojamiento son gratis.

Allá donde el trato entre prójimos le conmueve.

Allá donde lo cuidarían y atenderían.

Allá donde podría jugar fútbol.

Allá donde podría leer tranquilo.

Allá donde nadie le molestaría.

Allá donde es tan hermoso estar e imposible escapar.

Allá donde le convendría.

Allá quiere estar.

El viejo quiere que lo lleven a prisión.

La Última Deuda



Culpable. Era de esperarse esa sentencia.
Cuando el hombre avanzó trémulo por el pasillo extremadamente custodiado lo hizo lento y flemático. Al llegar a la sala lúgubre con piso de caucho, miró detenidamente a su alrededor, personas con sus rostros enjutos protagonizaban la escena, sus aspectos carcomidos por la falta de sueño, deseaban la represalia final. Se sorprende de su estremecimiento repentino, porque aún cree ser fuerte e invulnerable. Pero una vez sentado sobre la silla, comprende el porque de su escalofrío. Maldice entonces su razón, su ceguera, su ignorancia a la Leyenda de la Muerte. La muerte. La siente rondar cerca, la huele, la escucha en el mutismo desairado. Allí está, en las bancas, en las siluetas de esa gente, en los electrodos a sus costados. Es un espejismo al que es imposible eludir. No faltó, estaba allí presente, a punto de exigir su peaje al más allá, su descanso en paz. No porque no pudiera sino por una arraigada ilusión con la cual creció, fuerte, capaz, por sobre los demás; no había comprado ese peaje. Pensaba que por ser benévolo, justo y casi perfecto podía esquivar los brazos de la muerte y no dar lo que ésta pedía a cambio. Algo que él no estaba dispuesto a dar.
Durante años creyó moldear su destino, transeúnte de la verdad y el conocimiento. Pero esta irrevocable seguridad se disolvió agria frente a Leyenda que recobraba vida una vez más, esta vez desangrando a su conciencia.
—Tiziano Carmatti ¿Tiene algo que decir? —preguntó una voz.
—Sí.
Sabía que no saldría de allí. No podía llegar a un acuerdo con ellos, pero sí a uno con la muerte. Por lo tanto sintió un impulso, sintió que éste era su momento de redención. Juntó fuerzas y comenzó a hablar:
—Lo maté por placer. Lo maté por saciar mi insaciable sed de venganza —sus palabras a medida que surgían apaleaban las miradas desafiantes de los testigos oficiales—, respondí a la provocación y me hice de ella para matar. Esa es la verdad, no deseo ocultarla. Despertó ese ser que duerme en todos los mortales, ese ser que es alimentado por el odio y la falta de pasión y que cuando despierta nos domina en su totalidad. Quiere volver. El no se arrepiente de lo que me hace hacer, quiere dominar mis sentidos para morir orgulloso, pero no lo dejaré. De eso estoy convencido,
“Y aún lejos de ser perdonado buscaré complacerles en mis últimos momentos con mi tenaz sufrimiento. Nada más.
El silencio gobernó la sala. Tiziano Carmatti se sintió mas humano que nunca, despojado de sus tierras, abandonados por sus amigos, visitado por el apetito, saludado por las melodías lóbregas en las que algunas vez se había acogido.
Pero no se dejó llevar por la tiritera que ofrece la muerte sino que irradiando convicción y seguridad miró a los semblantes ya inquietos por última vez y se arrepintió, pudo ver más allá de su odio y viendo su dolor sintió que su último paso había sido dado.
El verdugo, a una seña, le sujeto los brazos y las piernas con correas y pasó otra por sobre su hombro en forma de diagonal para asegurar su tórax. Le colocó el casco de cuero sobre su cabeza rapada anticipadamente. El reo fue tapado por una capucha negra y en cuestión de segundos su cuerpo inmóvil sintió una sacudida, pero su alma ya se había desprendido de él. Alzándose por sobre la superficie, vio los restos del demonio, de su orgullo, muertos al fin. Había ganado sobre ellos, era poseedor del derecho al peaje y ahora con él, se dirigía a su descanso final.