—…Date cuenta, o de última imaginá, como lo hago yo. Las estrellas son ojos, ¿los ves? —dijo a su sobrino, señalando con su dedo al cielo estrellado—El cielo nos vigila de noche y de día bue...quizás sea Dios el supervisor, pero de noche, cuando llegada la madrugada hombres intentan superarse, entenderse, vaciarse en lugares noctámbulos, es cuando ellos más observan. Son silentes pero muy atentos. Sus ojos brillan de vez en cuando, y cuando no, prefieren errar ellos mismo por la Tierra e informar al Supremo de sus recorridos. Pero curiosamente, ambos métodos resultan siempre dar los mismos resultados. Sin importar cuán soleado, nublado, con sobrada o escasa muchedumbre, con silencio o sin él esté este mundo; regresan informando lo mismo: “No siguen igual, están peor.”
—¿Y cómo sabes tú todo eso? Digo…¿Y al fin y al cabo, quien son ellos para criticar lo que hacemos? —preguntó Arnold, su sobrino, algo desinteresado y bebiendo lo último que quedaba en su botella.
—Ellos son mensajeros de Dios, son ángeles —continuó su tío con la mirada perdida en el horizonte, haciendo caso omiso a la primera pregunta—, son los que brillan en la noche demostrándonos lo bello que es estar allá arriba, ellos son muy contemplados e incluso adivinados. Pero ninguno conoce exactamente su finalidad, tampoco sus nombres. Creen que son pequeñas tutelas a nuestro alrededor, tratando de no hacerse entender mucho ni ser conocidos por lo que hacen.
``Es que, es todo tan extraño. Ellos mismos intentan decirnos algo, tal vez alguna advertencia. Pero ¡ojala las escucháramos! Hay veces en que creo escucharlas, pero dirías que son falacias de alguien que de tanto vivir sólo abraza las paredes, y se come las palabras. ¡Jaja! Debería ser un arte conectarse con las estrellas, un arte que no careciera en los hombres, ¿no lo crees, Arnold?
—Tío, estás algo… brillante hoy —susurró Arnold, sorprendido, tratando de encontrar una palabra que definiera el estado exacto y anormal de su tío—. Estás como…más iluminado.
—¿En serio? —Crédulo y sonriente levantó sus manos hacia arriba para contemplarlas y asintió.
Su cuerpo despedía una radiante e increíble luz. Habían pasado horas allí arriba, su joven sobrino lo había invitado a tomar refrescos y a hablar sobre cuestiones y situaciones que acosaban su vida. O su carrera, que a decir verdad, le importaba más que su propia vida. Pero no más pudo usar la lógica: la bebida estaba cobrando efectos en su mente, y su tío…estaba realmente loco.
Desilusionado, por no haber llegado al confín de la conversación de la cuál pensó que sacaría provecho, se levantó e invitó a su tío a bajar de la terraza. Aseguró la escalera y bajó, siempre mirando de no caerse.
Cuando alzó su mirada su tío ya no estaba. Había desaparecido. Se había esfumado, o tal vez volado, lo cierto es que en vez de tocar tierra, su tío que tenía un nombre fácil de olvidar, escaló estrellas y de allí observa, inquieto y crítico a aquellos que pretender ascender con una escalera.
Y aunque Arnold nunca lo supo, su tío intenta brillar en su ventana tratando de que él busque en ese significado el sentido de ser un mortal sobresaliente.
Para ser estrellas en esta vida, no hay que simplemente mirar por donde caminar sino todo lo contrario, volar, ascender y ascender hasta caminar por los cielos, ocupando un lugar entre los ángeles. Allí brillaremos y alumbráremos el camino siniestro de los que quieren y no pueden o viceversa. Allí no habrá nunca nadie que podrá decirnos la famosa frase “¡baja a la tierra, colgado!”
